“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Jorge Luis Borges
Hablar de memoria es hablar de pasado y recuerdos, recuerdos que se sostienen en la imperfección y se alimentan de lo emocional. Son maleables, a veces inconclusos, brumosos, multiplicados, sordos, inconstantes. Adentrarse en el campo de la representación visual, y hacerlo desde la abstracción, supone a menudo atravesar todos esos umbrales; investigar las raíces de lo que conocemos para sintetizar su condición. Algo así sucede con la selección de obras presentes en esta muestra, propuestas que sobrepasan los límites de la percepción para situarnos frente a una maraña de repeticiones —que nunca son las mismas— de formas desdobladas capaces a la vez de conectar y de distorsionar la realidad.
Podríamos decir que estas obras se reúnen en torno a la idea de movimiento e ilusión, posibilitando un desplazamiento óptico en una superficie de ritmos dispares y fronteras estáticas. Acogidas a diferentes preceptos y corrientes de la Historia del Arte que abarcan desde lenguajes como el cinetismo, la abstracción geométrica o las composiciones ópticas hasta el primitivismo, estos trabajos tienen la capacidad de habitar el espacio intermedio. Así, introducen preocupaciones y herramientas contemporáneas a la interpretación de los legados históricos, reconfigurándolos desde perspectivas que dialogan con la tecnología, el contexto cultural y la experiencia sensorial. Pero hay algo más: en ellas se respira la memoria del lugar, de las arquitecturas y los surcos, de la tierra. Incluso aquello que se aleja de los márgenes de lo conocido, o la abstracción pura, ha habitado previamente un lugar en la memoria, una memoria siempre fragmentada e inconclusa, como los espejos rotos.
En este marco, Sandu Darie se destaca como un referente de la abstracción geométrica cubana, dialogando con la geometría y el espacio como herramientas para explorar nuevas relaciones entre forma, color y percepción. De sus imágenes surge la inclinación por explorar nuevos vínculos; en esas composiciones reducidas al juego esencial de su condición geométrica el artista deja adivinar su sintonía con el mundo para llevar más allá los protocolos formales del arte. Como cuando permite variar el ángulo o la posición de sus obras para diversificar sus posibilidades visuales al gusto de quien las contemple. O en esos títulos poéticos que interpelan a la naturaleza y a la ciencia, o en las metáforas y transiciones que acompañan el ritmo infinito de sus propuestas plásticas. El nexo con el entorno se mantiene en el caso de Juvenal Ravelo, quien ha formado parte de la renovación cinética venezolana y ha sabido abrazar el latir de la gente a partir de sus intervenciones en el espacio, encontrando en la correlación con el público una de sus señas de identidad. Este contexto explica su vínculo con el arte óptico y su interés por generar tensiones espaciales que involucran activamente la percepción. De alguna manera, su trabajo es como un espejo dinámico, como un viaje en el tiempo donde se inserta el imaginario visual del legado prehispánico con las corrientes del arte cinético y su reinterpretación en el universo de la tecnología digital.
Mientras Juvenal Ravelo tiende a diluir la relación figura-fondo como una suerte de horror vacui, en las pinturas de Marina Korneva la materia se acota y se alía con el vacío para proyectar el potencial de la forma. La superposición, combinación y acoplamiento de figuras geométricas simples orquestan un espacio subjetivo donde las veladuras toman partido a la hora de alumbrar nuevas relaciones cromáticas. Mientras Korneva apuesta por la transparencia cromática, Carla Effa revisa la transparencia espacial, llevando el juego a un plano tridimensional. El modo en que la artista emplea el espacio negativo refuerza la noción de volumen, para explorar lo arquitectónico en un meditado engranaje de reflejos, luces y vibraciones potenciadas por el empleo de colores brillantes, transparencias y piezas volumétricas que velan y desvelan sus múltiples recovecos. También Gysel Fernandi toma lo tridimensional como recurso expresivo, asimilando su carácter háptico, y la arquitectura como punto de referencia. Articulando la figuración resultante de diferentes capturas fotográficas, convierte los diseños urbanos en sólidas estructuras infinitas donde los patrones decorativos reposan como fragmentos de memoria, ahora transformados en una sucesión de ángulos y perspectivas.
Volvamos a la idea del espejo. En estos casos, no solo el componente simétrico de la obra plástica hace mención a este peculiar objeto, sino también una base conceptual que se compone de varios elementos combinados, formando capas de significado que terminan por revelar una única estructura. Porque sabemos que el espejo siempre ofrece una nueva posibilidad, contiene un poder espectral que amplía la profundidad de campo e invita a mirar lo que no vemos. Es algo que sucede en la obra de Nina Torres quien, empleando una paleta tendente al monocromo, convida a adivinar las huellas de la cultura latinoamericana a través de una geometría transmutada, antropomórfica; de una factura precisa capaz de interiorizar tanto las fórmulas del arte precolombino como los ritmos musicales de la abstracción lírica. Ello nos lleva hasta la obra de Oswaldo Vigas, cuyo flirteo entre figuración y abstracción siempre se ha mantenido al lado de sus raíces, sin confrontaciones ni titubeos. Su producción conecta con la corriente neofigurativa latinoamericana. Su pintura, de carácter telúrico, mágico y mítico, recoge los rasgos de la cultura indígena y los funde en un mestizaje lúcido entre lo local y la vanguardia. En la obra que presenta para esta exposición, esa energía se manifiesta en trazos firmes que delimitan las formas mientras intercalan planos de color. La disposición diagonal y la superposición de elementos generan un marcado sentido de movimiento y tensión visual, acentuando un carácter casi caligráfico. El resultado es un lenguaje plástico que remite tanto a una abstracción de inspiración constructiva como a un grafismo primitivo de gran libertad gestual.
Mientras Mario Morales explora el efecto visual apropiándose de un mundo cercano al ilusionismo, Jose Roberto Arraiz y Minami Miyajima organizan las líneas y los círculos frente a sus múltiples eclosiones, combinándolos como si dentro latiese el misterio del universo. En una búsqueda afín, las indagaciones geométricas de Andreas von Gehr se deconstruyen en la imagen hasta poner a prueba los límites entre el orden y el caos. Desde una mayor saturación formal, Alma Ratto nos sumerge en un paisaje entrópico, vibrante y fragmentado, cuya finitud parece esquiva. Son, todas ellas, obras situadas entre lo armónico y lo espontáneo, que invitan a leerse como una narrativa expandida, sin un significado único, pero cargadas de ritmo y energía.
Hay en estos artistas una búsqueda más allá del aspecto estético, una inquietud por rodear la propia geometría de las cosas, del mundo, de teñir lo telúrico de luces de neón, y viceversa, para encontrar en lo visual a ese agente transformador de la memoria. Como en un baile armónico de formas serenas pero oscilantes, el estudiado uso de la luz y el color maneja una mecánica donde la redundancia estabiliza la composición, y la repetición interpela la capacidad de espera de las personas espectadoras. Sus obras se leen como escrituras plásticas abiertas, plagadas de resonancias que cruzan lo histórico y lo íntimo. La memoria se revela así en su naturaleza fragmentaria y mutable, como un espejo roto donde se entrelazan lo colectivo y lo personal, lo que fue y lo que podría ser.
Sara Donoso